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“300” es una película estadounidense, dirigida por Zack Snyder, estrenada en 2007. La pelicula trata sobre la antigua Batalla de las Termópilas, en la que el rey Leónidas (Gerard Butler) y 300 espartanos lucharon hasta la muerte contra Jerjes y su enorme ejército persa. Aunque basado en un hecho real, la pelicula esta mas ligada a la Novela Grafica de Frank Miller, en la cual la pelicula se baso casi textualmente, tanto en el guion como en el estilo visual, muy en el estilo de Sin City. Los hechos retratados en la pelicula estan altamente ficcionalizados, siendo esta una de sus mas frecuentes criticas entre la prensa, ya que la pelicula esta mucho mas centrada en el heroismo y la violencia de la batalla real.
La pelicula presenta un estilo visual muy peculiar, en el cual el color y el contraste de la pelicula fueron tratados digitalmente, el resultado es una cinematografia oscura, de color cobrizo y fiel a los dibujos originales de la novela grafica de Miller. Aunque esto fue bien recibido por la critica, tambien tuvo detractores, quienes encontraron que la estilizada fotografia era mas propia de un juego de video. Argumento
Detalles de la trama y el argumento.
Centrada en la Batalla de las Termópilas, en la cual el rey espartano Leónidas I (Gerard Butler) y 300 espartanos lucharon hasta la muerte contra el rey persa Jerjes I (Rodrigo Santoro) y su ejército, el cual era superior en numero (alrededor de varios miles de persas, aunque las fuentes varian)

Mi comentario
Amantes, de la historia, llega a nuestras pantallas por fin una pelicula que merezca la pena, 300, ambientada en las batallas que mantuvieron los griegos y los persas en el año 480 a.C. Es una pelicula que posee gran cantidad de efectos especiales, quiza eso la hace menos espectacular, ya que, ante todo prima la realidad, pero aún asi, es extraordinariamente emocionante, aunque cambien algunos datos históricos de relevancia, para más información podeis mirar "las guerras medicas" de mi blog o el trailer: http://www.youtube.com/watch?v=9Dumb3gTjZQ, un consejo, antes de verla leeros la historia
Guerras Médicas, nombre con que se conoce el enfrentamiento entre los antiguos griegos y el imperio Persa, durante el siglo V adC. El adjetivo «médicas» se debe a que los griegos usaban los términos «medo» y «persa» como sinónimos, a pesar de que Media (Oriente Medio) era en realidad una región contigua a Persia sometida a su imperio.

(Libros V y VI de las Historias de Heródoto)
En las costas occidentales de Asia Menor había colonias griegas que se dedicaban principalmente al comercio, que habían logrado eclipsar en este aspecto a los fenicios. La prosperidad e independencia de estas ciudades jónicas terminó cuando cayeron una tras otra en manos del rey Creso de Lidia, y fueron obligadas a pagarle tributo. La situación empeoró cuando el reino de Lidia cayó en manos del rey persa Ciro, en el 546 adC, y las ciudades griegas siguieron el mismo destino.
Posteriormente, el rey persa Darío I gobernó las ciudades griegas con tacto y procurando ser tolerante. Pero como habían hecho sus antecesores, siguió la estrategia de dividir y vencer: apoyó el desarrollo comercial de los fenicios, que formaban parte de su imperio desde antes, y que eran rivales tradicionales de los griegos. Además, los jonios sufrieron duros golpes, como la conquista de su floreciente suburbio de Naucratis, en Egipto, la conquista de Bizancio, llave del Mar Negro, y la caída de Sibaris, uno de sus mayores mercados de tejidos y un punto de apoyo vital para el comercio.
De estas acciones se derivó un resentimiento contra el opresor persa. El ambicioso tirano de Mileto, Aristágoras, aprovechó este sentimiento para movilizar a las ciudades jónicas contra el Imperio Persa, en el año 499 adC. Aristágoras pidió ayuda a las metrópolis de la Hélade, pero sólo Atenas, que envió 20 barcos (probablemente la mitad de su flota) y Eretria (en la isla de Eubea), con cinco naves, acudieron en su ayuda; no recibió ayuda de Esparta. El ejército griego se dirigió a Sardes, capital de la satrapía persa de Lidia, y la redujo a cenizas, mientras que la flota recuperaba Bizancio. Darío I, por su parte, envió un ejército que destruyó al ejército griego en Éfeso y hundió la flota helena en la batalla naval de Lade.
Tras sofocar la rebelión, los persas reconquistaron una tras otra las ciudades jonias y, después de un largo asedio, arrasaron Mileto. Murió en combate la mayor parte de la población, y los supervivientes fueron esclavizados y deportados a Mesopotamia.
La Primera Guerra Médica
Tras el duro golpe dado a las polis jonias, Darío I se decidió a castigar a aquellos que habían auxiliado a los rebeldes. Según la leyenda, preguntó: «¿Quién es esa gente que se llama atenienses?», y al conocer la respuesta, exclamó: «¡Oh Ormuz, dame ocasión de vengarme de los atenienses!». Después, cada vez que se sentaba a la mesa, uno de sus servidores debía decirle tres veces al oído «¡Señor, acordaos de los atenienses!». Es por esto que encargó la dirección de la represalia a su sobrino Artafernes y a un noble llamado Datis.
Mientras tanto, en Atenas algunos hombres ya veían los signos del inminente peligro. El primero de ellos fue Temístocles, elegido arconte en 493 adC. Temístocles creía que la Hélade no tendría salvación en caso de un ataque persa, si Atenas no desarrollaba antes una poderosa marina.
De esta forma, fortificó el puerto de El Pireo, convirtiéndolo en una poderosa base naval, mas pronto surgiría un rival político que impediría el resto de sus reformas. Se trataba de Milcíades, miembro de una gran familia ateniense huida de las costas del Asia Menor. Se oponía a Temístocles porque consideraba que los griegos debían defenderse primero por tierra, esperanzado en la supremacía de las largas lanzas griegas contra los arqueros persas. Los atenienses decidieron poner en sus manos la situación, enfrentando así la invasión persa.
La flota persa hizo a la mar en el verano de 490 adC, dirigidos por Artafernes, conquistando las islas Cícladas y posteriormente Eubea, como represalia a su intervención en la revuelta jonia. Posteriormente, el ejército persa, comandado por Datis, desembarcó en la costa oriental del Ática, en la llanura de Maratón, lugar recomendado por Hipias (anterior tirano de Atenas) para ofrecer batalla, por considerarla el mejor lugar para que actuara la caballería persa. Maratón
Milcíades, avisado del desembarco persa, increpó a los atenienses a hacerles frente. Enviaron al corredor Filípides a Esparta para solicitar ayuda, recorriendo 220 kilómetros en un día a caballo, toda una hazaña. Los espartanos prometieron enviar ayuda, pero argumentaron que, por razones religiosas (ya que se encontraban en el noveno día del mes lunar), no podrían hacerlo sino hasta seis días después, en plenilunio. Milcíades no podía esperar tanto tiempo, y se lanzó al ataque contra los persas con los efectivos con los que contaba.
Las cifras de los atenienses fluctuaban probablemente entre los 10.000 y 15.000 combatientes, y las fuerzas persas con unos 20.000 hombres. Heródoto dice que los persas tenían 600 barcos, si bien otros autores griegos aumentan las fuerzas enemigas hasta el millón de efectivos, unos datos que son sin lugar a dudas exagerados e inverosímiles.
Los flancos griegos estaban dirigidos por Calímaco, en el derecho, y un general de Platea por la izquierda. Temístocles y Arítides dirigían el cuerpo central. Los griegos se acercaron a los persas (comandados por Artafernes), quienes respondieron con una lluvia de flechas, eludiendo los griegos éstas al precipitarse contra el enemigo, consiguiendo así forzar la disposición en cerradas formaciones de los persas, que impedían el uso de la caballería. Esta acción resultó determinante, pues los persas no podían hacer mucho contra las largas lanzas de las fuerzas hoplitas, preparadas para un combate cuerpo a cuerpo, ya que sus arcos no les servían, y las espadas, puñales y espadas cortas no podían hacer gran daño a los griegos protegidos con coraza. Los persas ofrecieron, sin embargo, una gran resistencia, consiguiendo romper en un momento el cerco griego, pero reagrupados los flancos helenos, estos últimos les pusieron en fuga hasta el lugar del desembarco, donde se entabló la última parte del combate.
Los atenienses capturaron siete barcos, insuficientes sin embargo para cortar la retirada del ejército enemigo, que había sido en gran parte masacrado. Las bajas ascendían a 6.000 por parte persa y sólo 192 por parte griega. Las tropas persas, derrotadas, regresaron al Asia, pero eso no significaba que estuviera solucionado el problema entre persas y griegos, pues pronto estallaría una nueva guerra.
Filípides, según cuenta la leyenda, fue mandado por Milcíades a recorrer los 42 kilómetros que separaban a Maratón de Atenas para anunciar la victoria griega. Tras anunciar la victoria con la frase «¡Alegraos, atenienses, hemos vencido!», se derrumbó por el esfuerzo y murió.
La Segunda Guerra Médica
(Libros VII, VIII y IX de las Historias de Heródoto editar] Temístocles retoma el mando en Atenas
El victorioso Milcíades quiso aprovechar el momento de gloria para expandir el poder de Atenas en el Mar Egeo, por lo que poco después de Maratón envió una parte de la flota contra las islas Cícladas, sometidas todavía a los persas. Atacó la isla de Paros, exigiendo a sus habitantes el tributo de 100 talentos, y al negarse la ciudad le puso sitio, pero la defensa fue tan ardua que los griegos tuvieron que contentarse con unos pocos saqueos. Este pobre resultado empezó a desilusionarlos con respecto a Milcíades, llegando a verle incluso como un tirano que despreciaba las leyes.
Los enemigos de Milcíades le acusaron de haber engañado al pueblo y le sometieron a proceso, en el que no se pudo defender por haber sido herido en un accidente y estar postrado en una camilla. Se le declaró culpable, salvando la pena capital común en estos casos por los servicios prestados antes a la patria, condenándole a pagar la elevada suma de 50 talentos. Poco después moriría a causa de sus heridas. Sería ahora Temístocles quien tomaría las riendas de Atenas.
En el año 481 adC, los representantes de diferentes polis, encabezadas por Atenas y Esparta, firmaron un pacto militar (symmaquia) para protegerse de un posible ataque del Imperio Persa. Según este pacto, en caso de invasión correspondería a Esparta la tarea de dirigir el ejército helénico. Su resultado fue una tregua general, que incluso propició el regreso de algunos desterrados «Tendréis toda la tierra y el agua que queráis»
Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes subió al poder, ocupándose los primeros años de su reinado en reprimir revueltas en Egipto y Babilonia, y preparándose a continuación para atacar a los griegos. Antes había enviado a Grecia embajadores a todas las ciudades para pedirles tierra y agua, símbolos de sumisión. Muchas islas y ciudades aceptaron, pero no Atenas y Esparta. Se cuenta que los espartanos, ignorando la inmunidad diplomática, respondieron a los embajadores: «Tendréis toda la tierra y el agua que queráis», y los tomaron y arrojaron a un pozo. Era una declaración de intenciones hostiles definitiva.
Sin embargo, en Esparta se empezaron a dar augurios nefastos, causados por la ira de los dioses debido a este acto de insolencia. Se llamó a los ciudadanos espartanos para solicitar si alguno de ellos era capaz de sacrificarse para satisfacer a los dioses y aplacar su ira. Dos ricos espartanos ofrecieron entregarse al rey persa, y se encaminaron hacia Susa, donde los recibió Jerjes, quien les obligó a postrarse ante él. Sin embargo, los emisarios espartanos se resistieron, y le respondieron: «Rey de los medos, los lacedemonios nos han enviado para que puedas vengar en nosotros la muerte dada a tus embajadores en Esparta». Jerjes les respondió que no iba a hacerse reo del mismo crimen, ni creía que con su muerte los liberaría de la deshonra
Artículo principal: Batalla de las Termópilas
Leonidas en las Termópilas
El poderoso ejército de Jerjes, que se estima en alrededor de un millón de hombres (la tradición griega dice que marchaba con millones de hombres), y mejor equipados que los anteriores, partió el 480 adC.
Llevaban en la cabeza una especie de sombrero llamado tiara, de fieltro de lana; alrededor del cuerpo, túnicas de mangas guarnecidas a manera de escamas; cubrían sus piernas con una especie de pantalón largo; en vez de escudos de metal portaban escudos de mimbre; tienen lanzas cortas, arcos grandes flechas de caña de aljabas y puñales pendiendo de la cintura. — (Plutarco)
El Estado Mayor de Jerjes estaba compuesto por seis miembros, muchos de ellos parientes cercanos del rey: Mardonio, Tritantacmes, Esmerdomenes, Masistes, Gergis y Megabizo.
Para cruzar el Helesponto, en un pasaje de Heródoto se nos cuenta cómo se construyó un imponente puente de barcas por el cual el ejército de Jerjes debía atravesar el mar, pero una tormenta lo destruyó, y Jerjes culpó al mar ordenando a sus torturadores que dieran mil latigazos como castigo a las aguas.

Finalmente cruzó el mar y siguiendo la ruta de la costa se adentró en la península. Las tropas helenas, que conocían estos movimientos, decidieron detenerlos el máximo tiempo posible en el desfiladero de las Termópilas (que significa «Puertas Calientes»). Al menos el tiempo suficiente para asegurar la defensa de Grecia en el istmo de Corinto.
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En este lugar, el rey espartano Leónidas I situó a unos 300 soldados espartanos y 1.000 más de otras regiones. Jerjes le envió un mensaje increpándolos a entregar las armas, a lo que respondieron: «Ven a tomarlas». Tras cinco días de espera, y viendo que su superioridad numérica no hacía huir al enemigo, los persas atacaron.
El ejército griego se basaba en el núcleo de la infantería pesada de los hoplitas, soldados de infantería con un gran escudo (de ahí su nombre), una lanza y coraza y gebras de protección. Formaban en falange, presentando un muro de bronce y hierro con el objetivo de detener a los enemigos en la lucha cuerpo a cuerpo.
Las técnicas Persas se basaban en una infantería ligera, sin corazas y con armas arrojadizas principalmente, además de la famosa caballería de arqueros y carros. El único cuerpo de élite persa eran los llamados «Inmortales», soldados de infantería pesada que constituían la guardia personal del rey persa.
Sin embargo, en aquel desfiladero tan estrecho los persas no podían usar su famosa caballería, y su superioridad numérica quedaba bloqueada, pues sus lanzas eran más cortas que las griegas. La estrechez del paso les hacía combatir con similar número de efectivos en cada oleada persa, por lo que no les quedó más opción que replegarse después de dos días de batalla.
Pero ocurrió que un traidor, llamado Efíaltes, condujo a Jerjes a través de los bosques para llegar por la retaguardia a la salida de las Termópilas.
La protección del camino había sido encomendada a 1.000 focios, que tenían excelentes posiciones defensivas, pero éstos se acobardaron ante el avance persa y huyeron. Al conocer la noticia, algunos griegos hicieron ver lo inútil de su situación para evitar una matanza, decidiendo entonces Leónidas dejar partir a los que quisieran marcharse, quedándose él y sus espartanos firmes en sus puestos.
Atacados por el frente y la espalda, los espartanos sucumbieron después de hacer pagar a los persas un gran tributo en sangre. Posteriormente se levantaría en ese lugar una inscripción:
Ὦ ξεῖν’, ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε
κείμεθα, τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι.
«Oh, extranjero, informa a Esparta que aquí yacemos
todavía obedientes a sus órdenes».
Una nota sobre la traducción: ya sea de forma poética o interpretada el texto no debería leerse en tono imperativo sino como una petición de ayuda parte de un saludo para un visitante. Lo que se busca en la petición es que el visitante, una vez deje el lugar, vaya y le anuncie a los espartanos que los muertos siguen aún en las Termópilas, manteniéndose fieles hasta el fin, de acuerdo a las órdenes de su rey y su gente. No les importaba a los guerreros espartanos morir, o que sus conciudadanos supieran que habían muerto. Al contrario, el tono usado es que hasta su muerte se mantuvieron fieles. Se puede traducir de muchas formas, usando «Lacedemonia» en vez de «Esparta», sacrificando comprensión por literalidad.
Con el paso de las Termópilas franco, toda la Grecia central estaba a los pies del rey persa. Tras la derrota de Leónidas, la flota griega abandonó sus posiciones en Eubea y evacuó Atenas, buscando refugio para las mujeres y los niños en las cercanías de la isla de Salamina. Desde ese lugar presenciaron el saqueo e incendio de la Acrópolis por las tropas dirigidas por Mardonio.
A pesar de ello, Temístocles aún tenía un plan: atraer a la flota persa y entablar batalla en Salamina, con una estrategia que lograría vencerles. Cuenta la leyenda que Temístocles se hizo pasar por traidor ante el rey de Persia, incitándole a una victoria segura en Salamina, pero esta anécdota es probablemente falsa.
Lo cierto es que Jerjes decidió entablar combate naval, utilizando un gran número de barcos, muchos de ellos de sus súbditos fenicios. Sin embargo, la flota persa no tenía coordinación al atacar, mientras que los griegos tenían perfilada su estrategia: sus alas envolverían a los navíos persas y los empujarían unos contra otros para privarlos de movimiento. Su plan resultó, y el caos cundió entre la flota persa, con nefasto resultado: sus barcos se obstaculizaron y chocaron entre sí, yéndose a pique muchos de ellos, y contando además con que los persas no eran buenos nadadores, mientras que los griegos al caer al mar podían nadar hasta la playa. La noche puso fin al combate, tras el cual se retiró destruida la otrora poderosa armada persa. Jerjes presenció impotente la batalla, desde lo alto de una colina.
Los helenos sabían que cuando llega la hora del combate, ni el número ni la majestad de los barcos ni los gritos de guerra de los bárbaros pueden atemorizar a los hombres que saben defenderse cuerpo a cuerpo, y tienen el valor de atacar al enemigo. — (Plutarco)
Temístocles quiso llevar la guerra a Asia Menor, enviar allí la flota y sublevar las colonias jónicas contra el rey de Persia, pero Esparta se opuso, por el temor de dejar desprotegido el Peloponeso.
Por estas razones, la guerra continuó en Europa, volviendo el ejército persa a invadir el Ática en el año 479 adC. Mardonio ofreció la libertad a los griegos si firmaban la paz, pero el único miembro del consejo de Atenas que votó a favor fue condenado a muerte por sus compañeros. De esta forma, los atenienses hubieron de buscar refugio nuevamente en Salamina, y su ciudad fue incendiada por segunda vez.
Al enterarse de que el ejército espartano (increpado con amenazas por los atenienses para que les prestaran ayuda) se dirigía contra ellos, los persas se retiraron hacia el Oeste, hasta Platea. Dirigidos por su regente Pausanias, conocido por su sangre fría, los espartanos lograron otra estruendosa victoria sobre los persas, capturando de paso un gran botín que les estaba esperando en el campamento persa. Junto a la victoria en Platea, ocurrió poco tiempo después el hundimiento de la flota persa en Micala, que fue además la señal para el levantamiento de los jonios contra sus opresores. Los persas se retiraron de Grecia, poniendo así fin a los sueños de Jerjes de conquistar el mundo helénico. De esta forma las Guerras Médicas, que enfrentaron por primera vez a Oriente y a Occidente, llegaron a su fin.

Heródoto (erróneamente transcrito por algunos como Herodoto) de Halicarnaso (en griego Ἡρόδοτος Ἁλικαρνᾱσσεύς), (484 adC-425 adC) historiador y geógrafo griego. Nació en Asia Menor, en Halicarnaso (actual Bodrum, en Turquía) en 484 adC, en vísperas de la campaña de Jerjes contra Grecia, y murió en Atenas en el 425 adC. Se rebeló contra Ligdamis, tirano de su ciudad al servicio del rey persa, lo que costó la vida a su tío y su exilio en la isla de Samos durante diez años. Aprovechó este periodo para recorrer la Hélade, Babilonia, Cólquida, Siria, Macedonia, Libia, Cirene y Egipto. En este último país viajó durante cuatro meses por el antiguo imperio faraónico, desde la desembocadura del Nilo hasta Assuan, intentando descifrar los jeroglíficos sin conseguirlo. Entre el 447 adC y el 443 adC estuvo en Atenas en varias ocasiones, conociendo a Pericles y Sófocles, e informándoles sobre la organización política de los pue Artículo principal: Historiae Se le considera el padre de la historiografía (la primera vez que se le cita de esta forma es por Cicerón en su De legibus) por su famosa obra Historiae, escrita hacia el año 444 adC en Panhellen, colonia turia que ayudo a fundar. Historiae o Los nueve libros de historia [1] es considerada una fuente importantísima por los historiadores debido a su gran veracidad, por ser la primera descripción del mundo antiguo a gran escala y ser a su vez la primera en prosa griega. El conjunto está dividido en nueve libros, al parecer la obra de un editor alejandrino del siglo III o el siglo II adC, y están dedicados a las nueve musas (Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope). En ellos se narra con objetividad y precisión las Guerras Médicas entre Grecia y Persia a principios del siglo V a.C, haciendo especial énfasis en aspectos curiosos de los pueblos y los hombres tanto de los griegos como de los bárbaros, al tiempo que describe la historia, etnografía y geografía de su tiempo. Geografía Desde el punto de vista geográfico Herodoto dejó constancia de una ecúmene que se extendía desde Sudán a la Europa central y desde la India, en su límite oriental, hasta la Iberia en el occidental. Durante el siglo VI a.C el control que los cartagineses tenían de sus rutas comerciales por el Mar Mediterráneo occidental y el estrecho de Gibraltar le impidió conocer fielmente esta parte del mundo y las costas atlánticas de Europa de primera mano, por lo que muchas de sus observaciones proceden de otras fuentes. Escritos Clío Euterpe Talía Melpómene Terpsícore Erato Polimnia Urania Calíope Biografía
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